“A Partir la Sandía” Historias del Barrio Matadero

Historias del Barrio Matadero Es una compilación de relatos publicados en las notas de Facebook  por los hermanos Henriquez y sus amigos ,  nos ha autorizado a subirlas con el fin de rescatar y difundir  sus vivencias de niñez y juventud, agradecemos el permiso y publicamos para la posteridad.

De Juan Carlos Henriquez Cifuentes.

Cansados de tanto jugar en el río del barrio matadero, entre piqueros, chinitas (zambullir a alguien en el agua y no dejarle salir hasta cuando ya estaba desesperado) y competencias de resistencia, nos encontrábamos ya tirados en las rocas secándonos al sol, alguien dijo: putas que nos cansamos y hace un hambre de comerse un pescado crudo. Otro propuso – y vamos a sacar alguna sandía. Pero está vez pidámosela a Juanito Tapilla. Este personaje era mi tío Juan quien por esos días vivía en el río a los pies del bosque ya tantas veces mencionado, el tenía su terreno que había limpiado a golpe de rozón y azadón hasta convertirlo en campo laborable y en estas tierras hizo su chacra plantando o sembrando variedades de frutas y verduras que se dieron de manera magnifica, las sandías eran apetecibles de sólo mirarlas.

Haciendo caso del comentario salió la pandilla en dirección a la casa de madera de Juanito Tapilla, mi tío nos vio llegar y nos salió al encuentro diciendo: – ¿qué trae a estos jovencitos hasta mi humilde morada? El acuerdo tomado por la pandilla era que yo tenía que hablar ya que era pariente y ellos me apoyarían detrás, un poco nervioso porque mi tío tenía su carácter le dije: – oiga tío, tenemos mucha hambre y venimos a pedirle si nos puede regalar una sandía ya que no tenemos plata. Mi tío nos miró y dijo sus sarcasmos pausadamente: – Son lindos ustedes, vienen a cosechar de donde no plantaron y a cobrar cuando no trabajaron, ¿qué les pasó hoy día? Estaban muy cansados como para entrar a robar la sandía ustedes mismos. Acompañó el comentario con una sonrisa burlona luego nos miró uno a uno y se dio la media vuelta sin decir palabra. Nosotros nos quedamos allí mientras se miraban unos a otros como preguntando ¿Y, viene la sandía o no?, tranquilo chiquillos dije el tío va a volver con una sandía, así fue, mi tío volvía con una sandía gigante al hombro caminando los doce a quince metros que habían desde su casa a la cerca. – Tomen muchachos, – nos dijo – y cuando quieran algo vengan a pedirlo no lo roben. Recibimos la sandía y agradecimos su gesto con un coro de – gracias don Juanito. Y partimos con nuestro tesoro cargándola entre dos y cambiando turno por lo pesada que era hasta llegar a las rocas una vez más, depositamos la sandía sobre una roca plana, era una belleza, en su cáscara lustrosa destacaban esas líneas serpenteantes de un verde profundo y su guata donde durante tanto tiempo estuvo posada creciendo en contacto con esa tierra privilegiada tenía un tono amarillo pálido que terminaba en un circulo blanco perla que relucía al reflejo del sol, la contemplábamos extasiados con esos ojos codiciosos por el hambre, por su porte, por su color y sabíamos que eso no era todo lo mejor venía por dentro y ahí nos dimos cuenta que no teníamos con que partir la sandía, uno de los muchachos trajo una lata vacía del famoso jurel tipo salmón san José y propuso que con la parte filosa de la lata cortáramos la sandía, la respuesta fue un latazo en la espalda. Keko recordó su hebilla (usaba un cinturón grueso con una gran hebilla artesanal) y buscó su pantalón, sacó el cinturón y hundió el clavillo de la hebilla en la sandía, ésta se quebrajó como hielo delgado ante un golpe y se abrió exhalando un aroma a pepino suave y fresco, dulce y profundo mostrándonos un color rojo fuerte y húmedo salpicados por unas pepitas de color muy negro brillante, en ese mismo instante una lluvia de manos cayó sobre la sandía disputándose el corazón o un gran trozo que posteriormente llevamos a la boca sin ninguna parsimonia devorándola mientras el jugo corría por nuestras manos y nuestras bocas se llenaban del dulzor de esa carne roja. Nadie decía nada sólo comíamos y disfrutábamos esa deliciosa sandía hasta dejar la cáscara blanca, después de eso solo un reguero de cáscaras y pepas eran los vestigios de la sandía. Uno de los muchachos dijo como comentario: – el gueón que dijo que las mejores sandías eran las de Paine nunca comió una sandía de Talagante, del barrio matadero. Grandes carcajadas celebraron el comentario.

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