Pan con Leche (Juan Carlos Henriquez Cifuentes)

Juan Carlos Henriquez Cifuentes : Talagantino , nacio en el antiguo barrio Matadero el 01 de julio de 1957 ,  hoy vive en Antofagasta , junto a su numerosa familia y amigos han plasmado sus vivencias en la web  , bellos recuerdos , amistades y andanzas de niños quedaran aca para las nuevas generaciones ,  nosotros rescatamos estos relatos el fin de difundirlos y le damos el valor que merecen.

Esa tarde nos habíamos reunidos en la ribera del río y jugamos a los vaqueros entre la vegetación tan conocida para nosotros chilcas, matas de zarzamora, peris, galegas, ortigas caballunas a las que le hacíamos el quite por las tremendas ronchas que nos dejaban, las matas de quilo, de yuyo y chepica, la cepa de caballo, las matas de chamico, etc. Era por en medio de ellas que gateábamos, serpenteábamos, corríamos y nos ocultábamos para realizar emboscadas a nuestros enemigos, si tu eras indio o vaquero, integrante de una pandilla de asaltantes o sheriff eso era cosa del azar, como siempre se tiraba a la suerte y bien podías ser una cosa u otra daba lo mismo, nuestras armas las sacábamos de palo echas por nosotros mismos y si uno llegaba sin arma bastaba con sacar una rama de chilca y ya tenia su propia arma y no solo eso sino que el resto de la tarde quedaría oliendo esa resina aceitosa con cierto olor a alcanfor que desprendía la chilca, ya distribuida la pandilla en los bandos correspondientes nos alejábamos los unos de los otros hasta perdernos de vista y allí se planeaba la estrategia de ataque para capturar o matar a nuestros adversarios y las balas eran ruidos echos con la boca o silbidos agudos dependiendo la gracia de cada uno, así entre la hierba espantando los bichos como las langostas y otros o sacando para un lado las arañas para escondernos y esperar el paso de algún enemigo para capturarlo o matarlo se nos pasaban algunas horas hasta que ya de un equipo no quedaba nadie, esa era la hora de cambiar de juego, esa tarde decidimos ir a jugar a la pelota en nuestro callejón conocido por todos como el camino viejo, uno de los Tortela trajo una pelota de fútbol de cuero poco habitual en esos años (eran pocos los que lograban tener un balón de fútbol de cuero) y se separaron los equipos dos hicieron de capitanes y eligieron uno a uno a quienes querían en sus equipos, la cancha era de poste a poste y nuestros arcos dos piedras grandes en cada lado de la cancha separadas por unos dos metros demarcaban la zona de gol, nuestro callejón era de tierra y piedras y los jugadores estaban equipados con zapatos viejos, zapatillas idem o simplemente a pie pelado (pata pelá), se partía al medio de la cancha y no existía estrategia todos corrían tras el balón como poseídos por una fuerza sobrenatural, nada importaban los golpes, casi todos eran verdaderos tanques cuando se trataba de avanzar con el balón en pos del arco contrario, todos sudados y con la tierra pegada al cuerpo después de largo rato de juego nos encontró la salida de nuestra abuela Vitalia para avisarnos que era hora de tomar once, ahí entonces alguien gritó: ¡ya chiquillos, último gol gana todo! Y sacando las últimas fuerzas salimos todos tras el balón hasta conseguir ese último gol, ahí todos nos empezamos a preparar para irnos y nuestras casas estaban todas cerca sólo un muchacho medio rubio, de piel blanca y pecoso que venía con nosotros desde el río y que vivía en la casa después de la cruz de piedra era el más lejano.

Nos preguntó ¿van a salir después, chiquillos? Respondimos – claro pero después de tomar once. – Ya entonces los espero. Nos dijo. – ¿tú no te vas para la casa entonces? Le preguntamos. – tay gueón, después no me dejan salir. Nos respondió. – entonces vente a tomar once con nosotros. Le invitamos. – Pero se puede enojar tu abuelita. Cuestionó él. – nuestra abuelita nunca se enoja por nuestros invitados y siempre hay un lugar en la mesa si invitamos a alguien. Le dijimos. Así que entró con nosotros a tomar once y después de lavarnos la cara, las manos y peinarnos un poco, entramos al comedor donde nos esperaba una mesa servida con pan amasado y un tazón de leche o te dependiendo lo que quisieras, nuestra abuelita nos colocó mermelada, dulce de membrillo y mantequilla para el pan, la leche era fresca todos los días la íbamos a buscar a la casa del Monito y la Lugardita (casa de Alejandro Gaete en ese tiempo) que de madrugada ya tenían ordeñadas las vacas para vender la leche a los vecinos, nuestro amigo sólo pidió leche con azúcar y nuestra abuela le preguntó que le quería echar al pan, nuestro amigo respondió: sino le molesta abuelita, puedo untar el pan en la leche, es tan rico el pan con leche y nosotros en mi casa no tomamos casi nunca leche, a mi me gusta mucho el pan con leche. – no se preocupe m’ijito, unte el pan en la leche, si así le gusta a usted. Le respondió nuestra abuelita. Nosotros nos miramos con complicidad mientras nuestro amigo disfrutó dos tazones con su pan untado en leche. Terminó la once y volvimos a la calle está vez a esperar a nuestros amigos y jugar nuevos juegos como el caballito de bronce o a las escondidas ya que en la noche y con el fundo la Quintrala en frente los lugares para esconderse eran muchos, mientras esperábamos a los demás contamos la afición de nuestro amigo por el pan con leche y al elegir a los participantes para un nuevo juego quien estaba a cargo de uno de los equipos dijo: – ya vos pan con leche te venís conmigo. Risotadas de todos los presentes y de ahí en adelante nuestro amigo fue conocido por el “pan con leche” apodo que lo acompaño toda su infancia y juventud, tan así que hoy al recordarle olvidé su nombre y al pensar en ese muchacho cabello medio rubio, piel blanca y pecas en el rostro, sólo se me viene a la memoria y le recuerdo como nuestro querido pan con leche.

Escrita por un amigo de esta pagina Juan Carlos Henriquez Cifuentes

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